Gracias a mis padres recibí una educación católica. No voy a decir que sea un buen católico, pero lo intento cada día, y aunque caigo miles de veces, procuro levantarme.
En el colegio me enseñaron a amar a los demás sin distinción de edad, sexo, raza o credo religioso. Aprendí que todos los seres humanos son mis hermanos y que, si bien los había buenos y malos, era mi obligación perdonar al que me hacía algún mal y amar a mis enemigos como Cristo nos había amado. Él había dado Su vida por nosotros y yo tenía la obligación del amor hacia los demás.
Me enseñaron a respetar las leyes, a ganarme la vida con mi trabajo (el sudor de mi frente), a ser un buen ciudadano y un buen vecino. Conceptos como el del pecado me ayudaron a alejarme del mal, a no tomar el camino fácil sino a seguir la senda que habían recorrido antes mis padres y los padres de mis padres basada en el estudio y el esfuerzo personal.
Al inculcarme el amor a la Virgen María aprendí que una mujer había sido la Madre de Dios, y que precisamente por ello, todas las mujeres eran dignas de la máxima admiración y respeto, y que sólo un cobarde o un canalla podrían hacer daño a una mujer. La mujer era la Madre de Dios, pero también era mi madre, mi hermana, mis hijas, mi esposa. Aprendí que la mujer es persona, y que su belleza no radica en su físico, sino en su alma. Entendí que la mujer no es un simple objeto de satisfacción sexual, sino un ser mucho más digno que el hombre al haber sido elegida por el mismo Dios para que Su Hijo se encarnara y habitara entre nosotros. Comprendí que la mujer y el hombre se complementan, y que no hay nada más maravilloso que enamorarse perdidamente, casarse y fundar una familia. Aprendí también a luchar cada día por el amor, no a cambiar de amante, sino a enamorar cada día a la mujer a la que amo.
Me enseñaron a tener un objetivo en la vida, a saber que todo lo que hacemos tiene su reflejo en el más allá y en el más acá. Aprendí, por ejemplo, que las drogas son malas, que no debía buscar una salida artificial ante los malos momentos, que la vida es mucho más que disfrutar de un presente efímero.
Y claro, pronto descubrí que otros eran más modernos, más enrollados, más guays. Mi rechazo a las drogas, por ejemplo, me convertía en aburrido. Mi negativa a emborracharme en botellones me hacía ser un panoli. Pero hoy soy una persona sana, y otros más divertidos, más guays, más modernos, se han quedado en el camino.
Y ahora ¿qué nos ofrece la sociedad? España es el mayor consumidor de cocaína del mundo. Las cifras de alcoholismo juvenil se disparan. Nuestros escolares son los más incultos de Europa. Los casos de violencia hacia la mujer no paran de crecer. La corrupción inunda a todos los partidos políticos. Y todo el mundo parece dedicarse exclusivamente al sexo (en plan aquí te pillo aquí te mato) y al cachondeo. Los datos de divorcio son espantosos. La sociedad se hunde arrastrada por el hedonismo. Y nadie parece preparado para asumir responsabilidades. El síndrome de Peter Pan se extiende por todas las capas de la sociedad.
¿Es este el modelo de sociedad que queríamos cuando expulsamos a la religión de las escuelas? ¿Era esto ser moderno? Pues no lo entiendo.
11 comentarios:
Se ha pasado del 'el sudor de mi frente' a 'el sudor del de enfrente'.
Muy buen artículo, Crispal. Éstas son las verdades que duelen a los progres, a ésos que hacen las cosas sin pensar para nada en el sentido de la responsabilidad.
Muchas gracias Elentir. Un abrazo.
Enhorabuena por esta entrada y por la anterior. Suscribo las dos sin matices. Resulta paradójico que quienes nos han arrastrado al fango, quieran ponerse ahora al frente de la lucha (por ejemplo, la violencia doméstica o caída de la natalidad) contra los efectos que han producido.
Muchas gracias More, y bienvenido a mi blog.
Es preciosa tu reflexión, crispal.
Me ha emocionado muchísimo, como mujer y como cristiana.
Gracias.
#Schwan, gracias a ti por tu visita y comentarios.
Menos mal que siempre nos quedará saudí, la reserva espiritual de Oriente...aqui ni alcohol, ni drogas, ni sexo, ni ná de ná.
#Mutawakil, o sea que en vez de "siempre nos quedará París" tenemos el "siempre nos quedará Arabia". Hmm, no sé, no sé. ;-)
"Mi negativa a emborracharme en botellones me hacía ser un panoli". No tan panoli Crispalín, que algún "mini" ha caído. Bonito mensaje tu profesión de fe. El problema es que hoy día "ofende" a los enemigos de la Iglesia el que alguien con toda naturalidad se manifieste católico convencido. Vivimos tiempos donde sólo existen opiniones y no convicciones y así nos va. Todo es relativo y por tanto nada es verdad.Así se escuchan sandeces del tipo "esa es tu verdad" cuando se profesa la fe. La verdad sólo es una por mucho que los esclavos de lo políticamente correcto se empeñen en negar determinadas evidencias.
Yo, que estoy de acuerdo contigo, tengo un problema: l de la caridad cristiana me cuesta mucho cuando aparece Pepiño Blanco en la tele.
Lo de la degeneración familiar tiene responsabilidad una sociedad permisiva y las leyes contra la familia y su valor. Las últimas: el divorcio exprés y la del matrimonio homosexual. Luego vendrán los progres y dirán que esas leyes no tiene que ver con la degeneración familiar; pero con el tiempo, cuando ya se ha producido el daño, es tan evidente que sí.
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