Ahvaz, capital del Juzestán, una de las 28 provincias de Irán, situada al sudoeste en la frontera con Iraq y muy cerca de Kuwait. Antiguamente conocida como Arabistán, la mayor parte de la población es de origen árabe y habla este idioma. El gobierno iraní emprendió hace tiempo un programa de iranización del territorio con el fin de eliminar posibles problemas de nacionalismo pro-árabe en la zona. Los principales yacimientos petrolíferos iraníes se encuentran en el Juzestán aunque los recursos obtenidos de su extracción se destinan principalmente al resto del país.
José Antonio M., nos convenció de que viajáramos a Ahvaz para visitar al presidente de la KWPA (Khuzestan Water and Power Authority). Casualmente mi amigo Joaquín, que trabaja para otra empresa, participaba en el viaje, con lo que las posibilidades de disfrutar del viaje además de hacer negocio, aumentaban sustancialmente.
Entre las distintas actividades programadas nuestros anfitriones pensaron que sería interesante llevar a cabo un viaje en helicóptero para ver la zona de Khorramshahr y las refinerías de petróleo de Abadán, así como el río Karoon que forma la frontera entre Iraq e Irán.
Y así fue. Aquella mañana nos levantamos temprano y fuimos a una base aérea militar que hay en Ahvaz. Allí nos recibieron unos militares iraníes que habían puesto a nuestra disposición un flamante helicóptero del las Fuerzas Armadas de la República Islámica de Irán. Según Joaquín el helicóptero era un modelo antiguo americano de los del tiempo del Shah. Para mí, un profano en esto de los helicópteros, era un modelo para unas doce personas dividido en dos partes: una para piloto y copiloto y otra para el pasaje dividida en dos filas de asientos (una enfrente de la otra). A mí me tocó sentarme de espaldas a los pilotos y al lado de la puerta del helicóptero. Enfrente se sentó una especie de sargento ayudante que, por señas, nos iba diciendo cómo abrocharnos los cinturones de seguridad mientras sujetaba la puerta que no cerraba del todo.
Lo primero que me llamó la atención fue el ruido ensordecedor que hacía el aparato. Para hablar entre nosotros teníamos que gritar, y aún así nos costaba entendernos. También me llamó la atención el hecho de que la puerta no cerrase del todo, pero el sargento ayudante no parecía darle importancia, se limitaba a aguantarla por el picaporte para que no se abriera del todo en pleno vuelo.
El helicóptero empezó a volar y pensé que ya era curioso tener que ir al Juzestán para tener mi primera experiencia en un helicóptero. Me gustó mucho ver el paisaje a vista de pájaro. Sin embargo pronto empezaron los problemas: el sargento ayudante (que llevaba casco con micrófono y auriculares) no podía comunicarse por radio con los pilotos. Entonces les gritaba y hablaba por señas. Salimos de Ahvaz y fuimos hasta Khorramshahr. Allí, en otra base militar, tuvimos que desembarcar para repostar gasolina. Me pareció que, o mucha gasolina gasta un helicóptero, o poca tenía en origen nuestro aparato. La sorpresa fue ver cómo repostaban: nos hicieron apartarnos del helicóptero unos cincuenta metros mientras varios soldados iban vaciando latas de gasolina dentro del depósito del aparato. Aquello me resultó extraño, pero bueno, en estos viajes uno ve cualquier cosa.
Con el helicóptero lleno volvimos a despegar. Nuestro intérprete nos comentó que íbamos a dar una vuelta por la desembocadura del río Karoon. Así fue. El viaje iba muy bien y las vistas eran maravillosas. El río Karoon es inmenso y forma la frontera entre Iraq e Irán. Desde el aire se ven los petroleros hundidos en la guerra entre ambos países (Os recomiendo verlo en Google Earth).
El caso es que de pronto me fijé en que los pilotos no paraban de consultar sus mapas y no parecían llevar una dirección clara. Quizás querían que viéramos el paisaje varias veces, pero por los gestos que hacían entre ellos y la forma de consultar los mapas pensé que se habían perdido. Recuerdo que se lo comenté a Joaquín: "Tío, para mí que se han perdido y están dando vueltas". Joaquín no podía dar crédito a mis palabras: "¿Cómo se van a perder? Seguro que tienen GPSs". "Pues yo creo que no".
Entonces ocurrió algo inesperado: el helicóptero empezó a reducir altura para aterrizar en mitad de un solar en la propia ciudad. Nada más aterrizar en el solar el sargento ayudante se bajó del helicóptero y se fue corriendo a preguntar a unos obreros que estaban arreglando una línea eléctrica. Éstos se quedaron alucinados: ven bajar un helicóptero y un militar se baja del mismo para preguntarles una dirección. Joaquín y yo estábamos alucinados y no podíamos aguantar la risa. Nuestros pilotos se había perdido y tenían que preguntar a unos transeúntes la dirección.
No acabo ahí la cosa. El sargento ayudante explicó cómo llegar al sitio deseado y el helicóptero emprendió el vuelo. Seguimos volando durante un rato siguiendo una carretera principal y, de pronto, empecé a notar los mismos gestos entre los pilotos: consulta de los mapas, búsqueda de puntos de referencia por la ciudad, etc. Se habían vuelto a perder. Yo no me lo podía creer. El helicóptero volvió a repetir la operación de aterrizar para volver a preguntar, esta vez a un grupo distinto de paisanos que nos miraban entre risas y muy sorprendidos del espectáculo.
Conseguimos proseguir nuestro viaje ya lejos de Abadán. Al cabo de un tiempo, nuestro intérprete nos dijo que nos estábamos quedando sin gasolina otra vez y que iríamos a otra base militar a repostar. En ese momento sobrevolábamos una zona desierta en la que se suponía que había una base militar. Entonces ocurrió algo extraño. Al parecer cuando nuestros pilotos pidieron permiso a la base militar para aterrizar les dijeron que no podían entrar en la base con extranjeros. Quizás temían que viéramos algun secreto militar. Así pues, tuvieron la idea de dejarnos en mitad del desierto, cerca de un oasis en el que había unas casas de adobe, a unos 800 metros de la base militar.
El helicóptero aterrizó en mitad de la nada y desembarcamos. En ese instante se acercó a nosotros un niño montado en moto y con cara de alucinado. Imagino que vivir en una casa de adobe y ver de pronto aterrizar un helicóptero debe ser como para nosotros ver aterrizar un OVNI. Entonces pensé que el muchacho sería árabe y empecé a hablar con él en ese idioma. Casi le da un infarto. Unos tipos aterrizan en un helicóptero iraní y te hablan en tu propio idioma. Se puso contentísimo. Al poco tiempo se acercó su padre que hablaba árabe y persa. Nos llevaron a la sombra de una palmera y allí nos sentamos un rato a descansar y esperar que nuestro helicóptero volviera de la base militar. Al cabo de unas dos horas el helicóptero regresó y proseguimos nuestro viaje. Pero creo que nunca olvidaré la cara que puso aquel muchacho cuando me vio hablarle en árabe.







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