Hoy hemos padecido un terremoto. No ha sido gran cosa: 6,3 puntos en la escala Richter en el epicentro, 4 puntos en mi oficina. Lo han sentido todos los que estaban sentados en sus puestos de trabajo. A mí me ha pillado en el pasillo, hablando por el móvil, y no me he enterado de nada. Sin embargo, los compañeros de la quinta planta lo han notado claramente y se han asustado. Algunos edificios altos han sido evacuados.
Ha sido interesante. Hemos visto cómo unos se asustan muchísimo y otros conservan la calma. Yo he vuelto a pensar en lo de siempre: no somos nada y vivimos de prestado. Cualquier día puede ser el mejor día para que todo acabe para siempre. Vanidad de vanidades...
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