jueves, 22 de agosto de 2013

La chica del iPad rojo

Hace unos días mi iPhone 5 empezó a fallar. Supongo que el problema estaba relacionado con esa manía mía de no dejar las cosas como están sino buscar siempre más allá. En mi caso le había hecho el jailbreak y le había instalado, entre otras apps, un programa antirrobo llamado IcaughtU Pro. El caso es que el programa fallaba y no paraba de pedir, cada dos por tres, que introdujera la clave de acceso. Harto del programita decidí desinstalarlo o, en terminología Apple, eliminar la app. Y no. Se instalaba solo cada vez que arrancaba el iPhone. 

Ante este problema y, sospechando que la cosa podría ir a más, decidí restaurar el móvil. Esto supone borrar todo el contenido, dejarlo como viene de fábrica y reinstalar todo desde la nube. Lo bueno de Apple es que todos tus programas y datos se guardan en un servidor remoto de la empresa, la famosa nube, y puedes recuperarlos fácilmente. Al restaurar el iPhone éste decidió instalar la última versión del iOS (el sistema operativo), la 6.1.4, para la que no existe jailbreak. Bueno, pensé, seremos legales. Todo sea por recuperar el iPhone. 

Pero no. Ahí empezó mi pesadilla. A partir de ese momento mi móvil se apagaba y encendía solo cada dos por tres sin venir a cuento. Lo volví a restaurar y nada. Lo mismo. Busqué en Internet y empecé a asustarme. "Si en el log del diagnóstico de uso te sale el nombre PANIC.PLIST el problema es de hardware" ¿PANIC? Sonaba chungo. Busqué el log de diagnóstico y allí estaba el mensaje PANIC.PLIST repetido hasta la saciedad. Tendría que llevarlo a un Apple Store. 

En Sevilla no hay Apple Store pero, para mi sorpresa, hay uno en Valladolid a donde iba yo a pasar una semanita de vacaciones. Y así fue: en cuanto llegué a Valladolid me fui directo a Río Shopping, nuevo centro comercial en Arroyo de la Encomienda, Valladolid, donde se encuentra el Apple Store. 

Yo nunca había estado en un Apple Store, y confieso que la experiencia es excelente. Nada más entrar en la tienda se te acerca un dependiente para ayudarte. Los empleados llevan todos una camiseta azul y son fácilmente reconocibles. Te pregunta lo que te pasa y, como era mi caso, si necesitas ayuda técnica te explica que tienes que pedir cita para que te atiendan en el Genius Bar, una especie de barra de bar donde los técnicos atienden a los clientes. Si no tienes cita él mismo te la da al momento. A mí me dieron cita para una hora después. Me dijo que cuando volviera buscara al empleado que estuviera usando el iPad rojo. 

Al volver a la tienda ves al empleado, en mi caso, empleada del iPad rojo. El contraste con las camisetas azules es tan claro que lo ves enseguida. Me acerqué a la chica del iPad rojo que me saludó por mi nombre y me dijo que me acercara al Genius Bar, al fondo de la tienda. 

Allí me atendió el técnico que, tras analizar el problema, me preguntó: "¿Qué te parece si te cambiamos tu iPhone por otro igual nuevo?" Me pareció muy bien y así lo hizo. Lo curioso es que no te piden nada, ni factura, ni recibo ni nada. En mi caso, además, el iPhone estaba comprado en Arabia Saudí. Hay quien dice que, en realidad, el iPhone que te dan no es nuevo sino de segunda mano reparado. No lo sé. Externamente es exactamente igual que uno nuevo. Y sólo sé que entré con un iPhone averiado y salí con otro que funciona perfectamente. 

En fin, un claro ejemplo de lo bien que funciona un buen servicio al cliente cuando las cosas se hacen como a uno le gustaría. Yo estoy encantado con la experiencia y quería compartirlo. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que en un blog dedicado al catolicismo (al menos lo hallé en una lista de "Todos los blogs Católicos") se haga esta apología del consumo, de Apple que es un emblema del snobismo, de la muy sofisticada venta de humo, es, al menos desconcertante.
¿y el seguimiento de Cristo pobre?

Crispal dijo...

En realidad era una apología del trabajo bien hecho, de la satisfacción ante un servicio de calidad. Por otra parte mi iPhone, herramienta de trabajo propiedad de la empresa que me da de comer, no me costó ni un duro. Pero está claro que es más fácil acusar y señalar con el dedo. ¿Qué sabrá usted de mí y de mi vida? ¿Siempre juzga a los demás tan a la ligera? En fin.