domingo, 25 de septiembre de 2011

Julián (II)


Cuando Julián llegó a casa después del trabajo le extrañó ver a su padre sentado en su sillón favorito viendo la televisión. Normalmente el viejo solía, a esas horas de la noche, tumbarse en su cama a escuchar la radio. Seguía con asiduidad el programa diario de un famoso locutor de radio de tendencias políticas conservadoras llamado Augusto Vitale. Sin embargo, su padre estaba allí, sentado, viendo la televisión, y ni siquiera le saludó cuando entró en casa. Julián pensó entonces que su padre se había quedado dormido. De hecho, al acercarse  vio que tenía los ojos cerrados, una apacible sonrisa de oreja a oreja, y una colilla apagada entre los dedos. Cuando se dispuso a despertarle sintió la piel de su padre fría y vio que no respondía. Su vida se había apagado.

En aquel momento Julián se acordó de cuando murió su madre. Su padre aguantó con dignidad el trance, llevó a cabo con una entereza encomiable los trámites de la incineración de su esposa y, al cabo de unos tres días, se vino abajo como un castillo de naipes y empezó a llorar como un niño. Julián nunca había visto llorar a su padre y verlo así, sumado a la tristeza de haber perdido para siempre a su madre, le afectó profundamente. Ahora su padre yacía inerte en su sofá y Julián, sin atreverse quizás a aceptar el hecho, se preguntaba indeciso qué debe uno hacer en estos casos.

Normalmente las decisiones importantes de tu vida las toma tu padre o tu madre. Luego llega un momento en que tú empiezas a decidir, pero siempre bajo supervisión paterna. Esto era distinto. Nadie podía decidir por Julián, y éste nunca se había visto en la necesidad de saber qué hacer ante una circunstancia como aquélla. Entonces se acordó de su primo Fermín, abogado y experto en todo tipo de trámites. Fermín se encargaría de todo.

A los tres días del fallecimiento de su padre y, terminados todos los trámites funerarios, Julián empezó a ser consciente del abismo sentimental que le provocaba su ausencia. Como se sentía muy mal pidió unos días de vacaciones en su oficina.

Una mañana, sin saber por qué, sintió el deseo irrefrenable de asistir a Misa. Había sido educado como católico, pero hacía tiempo que no practicaba. Sin embargo, verse de pronto solo en el mundo, le hizo replantearse muchas cosas. Entonces deseó arreglar sus cuentas con El de arriba, como decía su padre. Se levantó temprano y fue a su parroquia de siempre con intención de confesarse, oír Misa y comulgar, como antes, como cuando su fe era igual que la del carbonero y no se planteaba dudas complicadas.

Llegó a la iglesia unos veinte minutos antes de la Misa, tiempo suficiente –pensó- para poder confesar. Pero no pudo hacerlo. El cura que confesaba antes de la Misa estaba ocupado con otra feligresa. Esperó largo tiempo y, cuando la vio terminar, se sorprendió de ver a la mujer llorando. No eran lágrimas de dolor o de pena. Eran lágrimas de alegría. Ella lloraba y sonreía al mismo tiempo, como si le hubieran quitado un grave peso de encima. Recordó esa sensación de alivio, después de algún tiempo lejos de la Iglesia, de volver a casa. Como el que retorna de un largo viaje y se encuentra con sus seres queridos. Eso le animó aún más a acercarse al confesionario, pero en el momento en que se acercaba ya era la hora del principio de la Misa. Y entonces se sorprendió aún más al ver al sacerdote que acababa de confesar a la mujer salir también del confesionario llorando. Llorando y con una sonrisa de alegría indescriptible. 

6 comentarios:

AMDG dijo...

Así son las cosas. Con gran fiesta en el cielo cuando eso ocurre. Y eso son fiestas.

Crasmir dijo...

Genial. Genial. Me está encantando la historia. ¿Para cuándo el capítulo 3? =)

Crispal dijo...

@Crasmir. Pronto estará listo. Sigan atentos a sus pantallas. :)

Gonzalo GY dijo...

Seguimos, seguimos atentos.

the ghost writer dijo...

Perdón por mi ignorancia, pero quién se llama Julián: el hijo, el padre o ambos?

Crispal dijo...

@the ghost writer, tanto el padre como el hijo se llaman Julián.