Cuando Julián llegó a casa
después del trabajo le extrañó ver a su padre sentado en su sillón favorito
viendo la televisión. Normalmente el viejo solía, a esas horas de la noche,
tumbarse en su cama a escuchar la radio. Seguía con asiduidad el programa diario
de un famoso locutor de radio de tendencias políticas conservadoras llamado
Augusto Vitale. Sin embargo, su padre estaba allí, sentado, viendo la
televisión, y ni siquiera le saludó cuando entró en casa. Julián pensó entonces
que su padre se había quedado dormido. De hecho, al acercarse vio que tenía los ojos cerrados, una apacible
sonrisa de oreja a oreja, y una colilla apagada entre los dedos. Cuando se
dispuso a despertarle sintió la piel de su padre fría y vio que no respondía.
Su vida se había apagado.
En aquel momento Julián se acordó
de cuando murió su madre. Su padre aguantó con dignidad el trance, llevó a cabo
con una entereza encomiable los trámites de la incineración de su esposa y, al
cabo de unos tres días, se vino abajo como un castillo de naipes y empezó a
llorar como un niño. Julián nunca había visto llorar a su padre y verlo así,
sumado a la tristeza de haber perdido para siempre a su madre, le afectó
profundamente. Ahora su padre yacía inerte en su sofá y Julián, sin atreverse
quizás a aceptar el hecho, se preguntaba indeciso qué debe uno hacer en estos
casos.
Normalmente las decisiones
importantes de tu vida las toma tu padre o tu madre. Luego llega un momento en
que tú empiezas a decidir, pero siempre bajo supervisión paterna. Esto era
distinto. Nadie podía decidir por Julián, y éste nunca se había visto en la
necesidad de saber qué hacer ante una circunstancia como aquélla. Entonces se
acordó de su primo Fermín, abogado y experto en todo tipo de trámites. Fermín
se encargaría de todo.
A los tres días del fallecimiento
de su padre y, terminados todos los trámites funerarios, Julián empezó a ser
consciente del abismo sentimental que le provocaba su ausencia. Como se sentía
muy mal pidió unos días de vacaciones en su oficina.
Una mañana, sin saber por qué,
sintió el deseo irrefrenable de asistir a Misa. Había sido educado como
católico, pero hacía tiempo que no practicaba. Sin embargo, verse de pronto
solo en el mundo, le hizo replantearse muchas cosas. Entonces deseó arreglar
sus cuentas con El de arriba, como decía su padre. Se levantó temprano y
fue a su parroquia de siempre con intención de confesarse, oír Misa y comulgar,
como antes, como cuando su fe era igual que la del carbonero y no se planteaba
dudas complicadas.
Llegó a la iglesia unos veinte
minutos antes de la Misa, tiempo suficiente –pensó- para poder confesar. Pero
no pudo hacerlo. El cura que confesaba antes de la Misa estaba ocupado con otra
feligresa. Esperó largo tiempo y, cuando la vio terminar, se sorprendió de ver
a la mujer llorando. No eran lágrimas de dolor o de pena. Eran lágrimas de
alegría. Ella lloraba y sonreía al mismo tiempo, como si le hubieran quitado un
grave peso de encima. Recordó esa sensación de alivio, después de algún tiempo
lejos de la Iglesia, de volver a casa. Como el que retorna de un largo viaje y se
encuentra con sus seres queridos. Eso le animó aún más a acercarse al
confesionario, pero en el momento en que se acercaba ya era la hora del
principio de la Misa. Y entonces se sorprendió aún más al ver al sacerdote que
acababa de confesar a la mujer salir también del confesionario llorando.
Llorando y con una sonrisa de alegría indescriptible.
6 comentarios:
Así son las cosas. Con gran fiesta en el cielo cuando eso ocurre. Y eso son fiestas.
Genial. Genial. Me está encantando la historia. ¿Para cuándo el capítulo 3? =)
@Crasmir. Pronto estará listo. Sigan atentos a sus pantallas. :)
Seguimos, seguimos atentos.
Perdón por mi ignorancia, pero quién se llama Julián: el hijo, el padre o ambos?
@the ghost writer, tanto el padre como el hijo se llaman Julián.
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