
En Arabia se conduce de forma peligrosa. Los saudíes son amos y señores de las calles y llevan a cabo las maniobras más insólitas sin encomendarse ni a Allah ni a Iblís. Sin embargo, están acostumbrados y suelen demostrar una cierta pericia a la hora de emprender sus acrobacias. El verdadero peligro son, aunque no lo parezca en principio, los extranjeros. Se da mucho el caso de expatriado joven que se aprovecha de la forma de conducir general para adaptarse e imitarla (desde aquí un saludo a Destructor). Al no tener la pericia de los nativos, expertos en estas artes, las posiblidades de accidente aumentan. A esto hay que sumarle la legión de taxistas extranjeros (cada vez menos con la saudización) pakistaníes, indios, nepalíes, etc., que están habituados a conducir por el lado contrario (como en el Reino Unido).
Una de las maniobras típicas es la siguiente. Tú vas por el carril central de una calle que tiene tres carriles por cada sentido. Llegas a un cruce y de pronto el tipo que tienes a tu derecha gira a la izquierda mientras tú pensabas seguir todo recto. Normalmente no pasa nada, o tú paras o el otro acelera y te sobrepasa. Al principio asusta, luego te acostumbras.
Pues bien, un día iba yo de copiloto con un amigo por el carril central de una calle de tres carriles. Mi amigo, español, era de esos expatriados que se adaptan felices a las normas de conducción locales. Así pues, quiso girar a la izquierda sin contar para nada con el taxista indio que teníamos a nuestra izquierda que quería seguir todo recto. El choque fue espectacular. En aquellos días en Arabia no era obligatorio el seguro de automóvil y en caso de accidente tenías que dejar los coches como estaban (sin moverlos) y esperar a que llegara la policía. La policía solía llegar, analizar la situación, preguntar qué había pasado y repartir culpas. Normalmente si alguno de los conductores tenía seguro (aunque no fuera obligatorio podías tenerlo) la policía dictaminaba que el 100% de la culpa del accidente era suya. Así pagaba la aseguradora. En caso de que ninguno de los implicados tuviera seguro se decidía sobre la marcha el culpable y, si no estaba muy claro, se repartía la culpa al 50%.
Nuestro caso era de libro: mi amigo había hecho el idiota y se había comido al taxista. Sin embargo, en Arabia uno debe estar preparado para lo inesperado. Bajamos de los coches y esperamos a la policía. Al cabo de un rato llegó un coche patrulla con un policía gordo con cara de beduíno. Como ni el taxista ni mi amigo hablaban árabe y el policía no hablaba inglés me tocó a mí la responsabilidad de convencer al policía de que la culpa era del taxista. Y así fue, después de hablar un rato y ante la incapacidad del taxista de defenderse en la lengua del Corán, conseguí convencer al policía de que mi amigo había encendido el intermitente diciendo que giraba a la izquierda y, por tanto, el taxista tenía que habernos dejado pasar. Estaba claro. El policía nos dio la razón.
Sin embargo, en ese momento llegó otro coche patrulla con un policía de más graduación que en perfecto inglés americano nos saludó y nos pidió que le explicáramos lo que había sucedido. Intentamos repetir la misma argumentación que tanto éxito había tenido previamente y el policía nos miró como si fuéramos idiotas. Entonces nos dijo con lógica aplastante: "Mira, si vas a girar a la izquierda tienes que coger el carril de la izquierda. La culpa es vuestra".
Fue implacable. Entonces le dijimos que vale, muy bien, ¿qué tenemos que hacer ahora?. El policía nos explicó que o le pagábamos in situ los desperfectos al taxista indio o se llevaba a mi amigo a la cárcel. Le preguntó al indio cuánto teníamos que pagar y éste dijo que 500 riales (unos 100 euros). "¿500 riales? ¡Qué barbaridad! No pagamos", dije yo. Mi amigo me miró blanco. "Muy bien, pues me llevo a tu amigo a la cárcel". "¡Un momento!", dije yo, "¿Usted cree que 500 riales es un precio justo?", pregunté al policía. En ese momento el policía se fue al indio y estuvieron hablando un rato. Al volver dijo el polcía: "250 riales y no se hable más". Y así fue, pagamos la deuda, hicimos el papeleo correspondiente y seguimos nuestro camino. Ya por curiosidad le pregunté al policía cómo es que hablaba un inglés tan perfecto. Me contó que pertenecía a una generación de policías de tráfico a la que el Gobierno saudí había mandado tres años a Chicago a estudiar. "Pues prefiero a los beduinos", pensé yo para mis adentros sin atreverme a decirle nada.
10 comentarios:
Vas a tener que sacarte el título oficial de resoluciones arbitrales y arbitrarias xD
Bueno, en Arabia otra cosa no sé, pero a regatear se aprende enseguida. Si no te timan en todas partes (y aún así). ;-)
Pues el policía de más graduación es posible que en Chicago aprendiera de los herederos de Al Capone. ¿Estás seguro de que no iba a comisión con el taxista indio?
crispal, creo que en un país así, yo deberia ir con un tanque en vez de con coche.
#Schwan, estoy seguro hasta donde puedo estarlo. ;-)
#Gilgamesh, con un 4x4 normalito te basta, aunque un Hummer es muy recomendable.
Supongo que ir en moto será un suicidio...
#Antecedente. Ir en moto es un suicidio, y a 60º al sol ni te cuento.
Siempre me ha llamado la atención la cantidad de tiempo libre que deben tener en los paises árabes para perderlo regateando. Cuando todos sabemos desde el principio el precio final.
Bueno, después de mi brillante observación :P , te comunico que te espera otro premio en mi blog.
Patito, ¡qué alegría volver a leerte por este blog! ¿Y encima me premias? Hoy debe ser mi día. ;-)
Vaya, pero ¿también hay regateo en las multas? Es la primera ventaja que le veo a ese país... :-)
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