Aquél día Julián comió solo, como tantas otras veces. Su hijo estaba trabajando y le era imposible llegar a casa para comer con su padre los días laborables. Desde que falleció su mujer hacía ya varios años, Julián había aprendido a cocinar y a servirse la comida él solo, sin necesidad de molestar a nadie. Terminó de comer, recogió la mesa, metió los platos en el lavaplatos y se sentó en su sofá favorito a ver la televisión. Encendió un cigarrillo pensando que llevaba 30 años intentando dejar de fumar sin éxito. Dio una calada profunda que le supo a gloria y a un lejano remordimiento...
Cuando llegó su hijo se lo encontró sentado en el sofá, con la colilla entre los dedos, la ceniza en el suelo, con una sonrisa de placer en sus labios. El médico de guardia certificó su fallecimiento. Por fin, Julián, había dejado de fumar.
6 comentarios:
Descanse En Paz, digo yo.
Amén. :)
... Uf!
Menos mal que dejé de fumar hace unos años, que si no... por cierto, si sabes otra parecida de tomar chocolate, helados o bollos, por favor, no la cuentes
Lo que no sabéis es que, licencias poéticas aparte, se trata de un caso real.
Bueno, al menos murió feliz ;-)
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