viernes, 26 de octubre de 2007

Asesinados por ser católicos.


No fue en Arabia, ni en Pakistán o Iraq. Tampoco en Afghanistán, Sudán o Yemen. No. No los mató el Islam. No.

Fue en España.

En los años 30 muchos católicos fueron asesinados por el simple hecho de creer que Jesucristo es el Hijo de Dios. Eran gentes normales, como tú o como yo, de todas las clases sociales, unidos por un rasgo común: la fe. No habían hecho daño a nadie. Tenían sus trabajos, como todo el mundo. Muchos realizaban labores de ayuda a los más desfavorecidos. Todos amaban al prójimo y perdonaron a sus enemigos. Incluso algunos agradecieron a sus asesinos el favor de adelantarles la hora de volver al Padre. Fueron víctimas del odio. Torturados, las mujeres violadas, asesinados. Muchos eran niños. Gente normal y corriente, pero que creía en Dios. Ése fue su delito.

Un ejemplo: Bartolomé Blanco Márquez, fusilado el 2 de octubre de 1936, que escribió esta carta de despedida a sus tías y primos:

Queridas tías y primos: Cuando me faltan horas para gozar de la inefable dicha de los bienaventurados, quiero dedicaros un último y postrer recuerdo con esta carta.

¡Qué muerte tan dulce la de este perseguido por la justicia! Dios me hace favores que no merezco proporcionándome esta gran alegría de morir en su Gracia.

He encargado el ataúd a un funerario y arreglado para que me entierren en nicho; ya os comunicarán el número de dicho nicho.

Hago todas estas preparaciones con una tranquilidad absoluta; y claro está que esto, que sólo puede conseguirse por mis creencias cristianas, os lo explicaréis aún mejor cuando os diga que estoy acompañado de quince Sacerdotes, que endulzan mis últimos momentos con sus consuelos.

Miro a la muerte de frente, y no me asusta, porque sé que el Tribunal de Dios jamás se equivoca y que invocando la Misericordia Divina conseguiré el perdón de mis culpas por los merecimientos de la Pasión de Cristo.

Conozco a todos mis acusadores; día llegará que vosotros también los conozcáis, pero en mi comportamiento habéis de encontrar ejemplo, no por ser mío, sino porque muy cerca de la muerte me siento también muy próximo a Dios Nuestro Señor, y mi comportamiento con respecto a mis acusadores es de misericordia y perdón.

Sea esta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal.

Si alguno de mis trabajos (fichas, documentos, artículos, etc.) interesara a alguien y pudieran servir para la propagación del catolicismo, entregárselos y que los use en provecho de la Religión.

No puedo dirigirme a ninguno de vosotros en particular, porque sería interminable. En general sólo quiero que continuéis como siempre: comportándoos como buenos católicos. Y sobre todo a mi ahijadita tratarla con el mayor esmero en cuanto a la educación; yo, que no puedo cumplir este deber de padrinazgo en la tierra, seré su padrino desde el cielo e imploraré que sea modelo de mujeres católicas y españolas.

Si cuando las circunstancias lleguen a normalizarse podéis, haréis lo posible porque mis restos sean trasladados con los de mi madre; si ello significa un sacrificio grande, no lo hagáis.

Y nada más; me parece que estoy en uno de mis frecuentes viajes y espero encontrarme con todos en el sitio a donde embarcaré dentro de poco: en el cielo.

Allí os espero a todos y desde allí pediré por vuestra salvación. Sírvaos de tranquilidad el saber que la mía, en las últimas horas, es absoluta por mi confianza en Dios.

Hasta el cielo. Os abrazo a todos.

Bartolomé.
Ahora la Iglesia Católica va a celebrar la beatificación de 498 de estos mártires y algunos se revuelven de odio ante la demostración de amor al prójimo que hicieron estos testigos de Dios. Ese odio que aparece en nuestros días en cuanto menos te lo esperas. Y yo me pregunto ¿cuándo vais a empezar a quemar iglesias otra vez? ¿cuándo vais a empezar a matarnos de nuevo? Los católicos hemos pedido perdón por nuestros pecados en varias ocasiones. Nuestros enemigos nunca pedirán perdón. Nunca reconocerán sus crímenes como tales. No. Nosotros tenemos la obligación del amor. Ellos no. Ellos tienen patente de corso para hacer lo que les dé la gana y siempre está bien. Pero nuestra venganza, como dice Bartolomé Blanco, es el amor a nuestros enemigos. Estamos dispuestos.

7 comentarios:

Antecedente dijo...

Impresionante testimonio de fe y de vida.

Abruma pensar en el hecho concreto de esperar a la muerte de cara, sabiendo por la Gracia que la esperanza se convierte en certeza, y el odio, en perdón.

Emocionante y conmovedor.

El Cerrajero dijo...

A lo mejor sabes la respuesta a una pregunta que me ha hecho Elentir: ¿va a asistir a la beatificación algún representante de la Familia Real?

Crispal dijo...

#Cerrajero, no sé la respuesta. Creo que la representación oficial española se limita (y a regañadientes) al ministro Desatinos. No he oído que vaya nadie de la Casa Real.

Dwight dijo...

Me ha emocionado este testimonio. Y tus palabras.

Un abrazo,

Crispal dijo...

Dwight, muchas gracias, y me alegra ver que has vuelto de tus vacaciones.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Eso es lo que les exaspera y les sigue inundando el odio cainita en sus corazones.

Que haya gente que sea capaz de morir por Jesucristo y en nombre de la fe católica.

Para los poderes terrenales a los que esta gente se aferra es muy duro reconocer a aquellos que piensan en la resurrección y el perdón.

Por eso para ellos es tan subversiva la religión , por ello les estorba tanto Dios.

Podrán ganar la batalla del poder en la tierra , pero al final todo caerá... y su crimen se volverá contra ellos y sus hijos.

Anónimo dijo...

Preciosa entrada; y, de hecho, recomiendo desde mi blog su visita; pues Bartolomé Blanco es un ejemplo de genrosidad y da testimonio de una profunda Fe para todos aquellos que somos creyentes.